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EL
BORN
Texto
y fotos de Georgina Castillo
Ayer
Hace unos siglos (concretamente
en la Edad Media) el Born era un hervidero: la nobleza barcelonesa
presenciaba los torneos desde los balcones de sus palacios (la
palabra born significa torneo, y en catalán
designa el lugar donde se celebran las justas), los más
importantes de los cuales, situados en la calle Montcada, se conservan
hoy como centros culturales, como el Museo Picasso. El pueblo
paseaba por sus calles, donde tenían lugar fiestas ciudadanas
como procesiones o carnavales. La famosa procesión del
Corpus, formada por reyes magos, ángeles, sacerdotes, dragones,
panaderos, pescadores, diablos, pasaba por estas estrechas calles
que entonces eran el centro de la ciudad. Los comerciantes, artesanos
y campesinos también se reunían en este barrio,
donde se celebraban las ferias y mercados más importantes
de Barcelona. Tanto bullicio obedece a una razón: en la
plaza del Ángel estaba situada el Portal Mayor de la muralla
romana, por donde se accedía a la vía que llevaba
al mar. El Born era pues un lugar de paso para comerciantes que
llegaban de todas partes para embarcar sus productos o recoger
los que llegaban de fuera.
Hoy
Hoy el Born vuelve a estar de moda.
Si antes fue el barrio de comerciantes de productos de lujo, como
objetos de vidrio y plata (los nombres de algunas calles, como
Vidreria o Argenteria lo demuestran), ahora lo selecto se ha instalado
en el ocio y la cultura. Se lleva más la comida pakistaní
que las hamburguesas con queso y cebolla. Se prefiere un cus-cus
en una terraza delante del palacio de hierro que fue una vez el
mercado más importante de la ciudad o una ensalada minimalista
en un restaurante de manteles blancos y luz ténue. Cóckteles
de todos los colores y vinos de todo el mundo, tapas vascas y
fondues francesas. Música en directo en el invernadero
del Parque de la Ciudadela, jazz y teatro diferente
en el sótano del Malic. Los bares Manolo del barrio chino
son aquí los Kafka, los Pla o los Van Gogh. Uno tiene la
sensación, mientras pasea por las callejuelas de este barrio,
que no habrá sorpresas, a menos que te encuentres con una
tienda (no sé si tiene nombre) atiborrada de reliquias
pertenecientes a la edad de oro del cutrerío español,
famosa en todo el mundo por lo kitch, lo colorista y lo visceral
de su... arte.
Hasta
el más mínimo detalle ha sucumbido a las garras
del diseño. Tiendas donde no sabes muy bien qué
se vende. Restaurantes donde no sabes muy bien qué se come.
Alguien dirá que quien no se arriesga no mama, que aquí
radica la sorpresa, que hay que estar abierto a nuevas propuestas,
que no hay que tener miedo a lo diferente. Me pregunto si lo realmente
diferente tiene tanto que deberle a esta etiqueta que se cuelga
la ciudad entera y que podría llamarse buen gusto.
En efecto, lo que se consume son atmósferas, ambientes.
Hay que seducir al cliente, hay que arroparlo, hay que hacer que
se sienta único por haber formado parte de un decorado
excepcional. ¿En qué otra ciudad, reflexiona
Robert Hughes en la más apasionante de las guías
sobre Barcelona que he leído nunca, íbamos
a encontrar una "Guía del Diseño" en la
que sus bares, discotecas y restaurantes aparecen reseñados
no ya en función de la calidad de la comida o el servicio,
sino única y exclusivamente de la atmósfera de su
diseño?
En
un momento en que los negocios se hacen en oficinas, ferias o
sencillamente a través del móbil o el módem,
las calles se han convertido en un lugar de comercio de cultura,
especialmente en el Born, donde todo está en su sitio,
esperando en calma a que alguien le encuentre algún sentido.
Dice Josep Maria Espinàs (escritor y cronista) que una
ciudad defectuosa, deforme, estropeada, e incluso fea, le interesa
enormemente. Me gustaría preguntarle sobre este borne maquillado
y en equilibrio, sin estridencias ni extravagancias y con tantas
ganas de gustar, de ser admirado.
Hay
que ver
Encajonada entre los cuatro lados de una plaza que le va pequeña,
la iglesia gótica de Santa Maria del Mar aspira, expira,
suspira, eructa, se despereza estirando sus agujas por encima
de los tejados. Yo creo que está satisfecha. Después
de la tensión que acarrea ser el símbolo de la conquista
del Mediterráneo por parte del reino de Aragón y
Cataluña (los marineros tenían como grito de guerra
el nombre de su patrona, Santa Maria) y el centro de la nueva
capital comercial; después de sobrevivir a bombardeos,
incendios y reconstrucciones varias, hoy es sólo un templo
arquitectónico más, una vieja gloria, y ella feliz.
De vez en cuando posa para la foto de algún turista o algún
indígena melancólico y luego vuelve a su condición
de telón de fondo.
Cuando entras dentro te da la sensación
que podría caber en ella Barcelona entera. Libre de pilares
innecesarios, producto quizás de reconstrucciones precipitadas,
su interior ofrece un aspecto de salón gigantesco gracias
a una integración espacial de las tres naves. No debe uno
perderse semejante espectáculo que de puro estático
marea. Si tiene la suerte que su visita no coincide con una boda
o un bautizo, se sentirá el ser más privilegiado
que exista sobre la Tierra (si me permiten la propaganda grandilocuente
que sin embargo Santa Maria se merece). |