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EL
GÒTIC
Texto
y fotos de Georgina Castillo
Ayer
La denominación popular que se da a este barrio es, aunque
poco precisa (hay elementos romanos, románicos, renacentistas
mezclados con los realmente góticos), señal de que
posee una significación histórica reconocida a primera
vista por todos. En efecto, es el núcleo más antiguo
de la ciudad. Aquí, en el punto más elevado del
Mons Táber, existía el poblado ibérico, que
fue sustituído por el campamento romano, las calles principales
del cual, el Cardo y el Decumanus, se cruzaban en lo que hoy es
la plaza de Sant Jaume.
La acumulación de tanta piedra no es, sin embargo,
casual. Para dar al conjunto este aire de monumentalidad y de
legado histórico han sido necesarias intervenciones de
arquitectos (¡de nuestro siglo!), el caso más sonado
de entre los cuales es la fachada y el cimborrio de la Catedral,
construídos a finales del XIX y principios del XX por Josep
Oriol Mestres y August Font. Otro ejemplo: el puente neogótico
de la calle del Bisbe es del año 1928. Ironías de
la historia y del turismo.
Hoy
El Barrio Gótico es hoy una isla con varias cabezas:
La
plaza de Sant Jaume, enclave crucial para los barceloneses, más
que por albergar los dos edificios más representativos
de la política catalana y barcelonesa (Ayuntamiento y Generalitat),
por ser el lugar donde el pueblo recibe a sus héroes (los
futbolistas, quiénes si no) y hacen botar al president.
La plaza Real y sus alrededores, sembrados de charquitos de orín
que nunca se secan. Una mujer me pregunta por una plaza donde
se bebe cerveza. La mando directamente a la plaza Real.
La
Puerta Ferrissa, donde se encuentra todo lo comprable y vendible,
precedida por el Portal de lÀngel (que da a la plaza
Cataluña), que, según Josep María Espinàs,
es ''el gran embudo de entrada a la Barcelona vieja''.
La plaza del Rey, un sitio cautivador por la colocación
de sus piezas (la capilla gótica de Santa Ágata
a la derecha; al fondo, el Palau Reial Major, en cuyo interior
se encuentra el grande y famoso salón del Tinell; la Torre-Mirador
del Rei Martí, que ofrece una magnífica vista de
la ciudad medieval, en la esquina), por el color ceniciento que
hace que nuestra retina se olvide por un momento de los colores
agresivos y chillones de la moda que viene...
Hay
que ver
Partiendo de la plaza Nova (desde donde se puede ver la fachada
de la Catedral), hay que subir por la callecita llamada del Bisbe,
que atraviesa la antigua muralla romana por la parte noroeste
y, seguidamente, perderse. Hay que avanzar a pasitos lentos, disfrutando
de la falta de semáforos, rodeando la Catedral y por supuesto,
sin olvidarse de entrar en el claustro. El único inconveniente
es que nuestros antepasados los romanos no predijeron que lo que
entonces construían iba a ser pasto de paseantes curiosos
y turistas correcaminos: faltan sitios donde poder sentarse, por
lo que esta zona se convierte en un lugar, de paso lento, pero
de paso. Hay rincones, sin embargo, en los que es posible disfrutar
de un momento tan largo como se quiera, por ejemplo el jardín
interior del palacio que ocupa el Museo Marés.
A falta de sitio en las calles, estos rincones son pequeños
oasis donde poder descansar de tanta monumentalidad y hasta tomar
algo fresco.
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