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GENÍS CANO
(Genís Cano es profesor de Bellas Artes en la Universidad de Barcelona y uno de los principales impulsores de la performance en Cataluña.
)
Texto y fotos de Georgina Castillo

 

–Durante todos estos años que has sido profesor en la Universidad de Bellas Artes supongo que has notado una evolución en los gustos y tendencias de los jóvenes que quieren ser artistas.
–En los años 80, el marco conceptual de la postmodernidad, que venía de la arquitectura, permitía un cierto eclecticismo y experimentación y se convirtió también en una especie de concepto sociológico. Ser posmoderno era una posibilidad de búsqueda, de experimentación. Recuerdo que en los años 70, cuando yo estaba en la universidad, los movimientos libertarios tiraban octavillas instando a la gente a que abandonara la universidad, considerada como un sitio de creación de consignas fachas. Curiosamente, en los años 80, de la mano de esta posmodernidad se inició una nueva entrada de gente en la universidad, se permitía una cierta promiscuidad entre alumnos y profesores, había cierto contacto. Esto en los años 90 se ha perdido. Vuelve a haber bastante distancia entre alumnado y profesorado, y hasta ha habido casos de denuncias. Por diversas razones aquella comunidad educativa que funcionaba en los años 80 en los 90 ha dejado de hacerlo. Ahora hay más bien distancia, enfrentamiento, hay una fiscalización mútua, yo diría que la gente más libertaria vuelve a ser bastante crítica con la universidad, cosa que en los 80 había como una especie de ''entrismo'', de querer saber qué pasaba allí dentro.

–¿Cómo viviste tú esta evolución?
–Yo recuerdo haber tenido gente con crestas de colores en las clases, cosa que me gustaba mucho. Ahora todavía hay alguna pincelada de color en las aulas, pero parece como si fuera un territorio abandonado. Imagino también que, en general, las ascensión del neofascismo a nivel social, con su falta de respeto total por la vida del otro, influencia todos los aspectos de la vida cotidiana. Hay esta falta de respeto del profesor respecto al alumno, del alumno respecto al profesor, de la institución respecto al alumno, no muy explícita, no muy evidente, pero existe. Yo recuerdo que cuando iba a las paulas pensaba que podía haber entre aquella gente un amigo, una amiga, y que por tanto tenía que dar lo mejor de mí. Me entregaba bastante. Después todo fue cambiando, comenzaron esos malentendidos, esos enfrentamientos. La aplicación de las políticas económicas neoliberales en la gerencia de las universidades, el hecho de que por ejemplo el 40% de la gente que trabaja en mi departamento tengan unos contratos absolutamente basura, bloquea la entrada de gente joven. Se han endurecido mucho las formas de acceso a ser profesor. De aquí viene esa especie de degradación del oficio, y también el hecho de que un determinado sector de estudiantes puedan ver a este tipo de profesor como a un desgraciado. Este profesor vive en una precariedad laboral extrema, no sabe si el curso siguiente va a trabajar o no, por tanto invertir en investigación o en la propia formación es arriesgado. Todo esto va en detrimento de la calidad, de la propia autoestima del profesor y de la valoración que hacen los alumnos. Ya nadie cree que allí se pueda crear una comunidad educativa ni que se pueda hacer nada.

–¿Cómo han sido tus clases a lo largo de todos estos años?
–He ido cambiando. Primero era muy teórico y después lo que quise fue que la gente pasase a la acción. Un poco la idea era preparar a la gente para que supiera espabilarse por su cuenta, para que consiguiera controlar las fuentes económicas que dan los distritos o la propia universidad, en resumen, desenvolverse entre la burocracia. Seguíamos el método del proyecto y durante el curso lo llevaban a cabo. Sobretodo se hacían intervenciones, del tipo performances o instalaciones en la vía pública. Había este aroma a arte social. Poco a poco fui abandonando el tema teórico.

–Hay mucha gente que dice ser artista, levantas una piedra y salen mil jóvenes con mil ideas nuevas cada uno. ¿Qué piensas de esto?
–Realmente la cantidad de titulados en historia del arte, bellas artes, escuelas de artes y oficios, las nuevas licenciaturas de imagen, es muy grande. Hay una masa bastante grande de gente que cada año aparece en el mercado y no hay suficiente demanda, y esto produce bastantes quebraderos de cabeza. Se encuentran con que para ganarse el pan tienen que hacer estrategias mil. En cierta manera siempre la gente que va de artista o de creador se cree que es el Picasso del siglo XXI o el Duchamp del futuro, siempre hay un cierto endiosamiento, una cierta hinchazón del ego. Esta falta de colocación te pone en tu sitio, te pone los pies en el suelo, es como si de golpe hicieras una cura de humildad. Pero no me atrevería a hacer un perfil del artista de hoy, porque hay de todo: hay gente muy sensata, gente muy trabajadora, y también, claro, gente muy fantasma. El problema de fondo de todo esto es la falta de regulación y también de articulación entre los centros especializados a nivel de papeles, etc. Lo que falta aquí también son grandes operaciones, con capital público o privado, de promoción externa de los productos artísticos que nosotros elaboramos. Así como los italianos son muy expertos en inventos del tipo arte povera o la transvanguardia, y en venderlos ''urbi et orbe'', aquí los comisarios y los gestores culturales no sabemos hacerlo o no encontramos los recursos necesarios.

–No obstante, lo que hacemos es importar movimientos artísticos de fuera y adaptarlos un poco a nuestra manera de ser.
–Sí, aquí y en todas partes, ya ves que cuando Wall Street tiembla, todas las bolsas europeas tiemblan, cuando aparecen los hippies en San Francisco queda todo el planeta afectado. Con el gran boom de las telecomunicaciones se crea una aldea global, y es así, y no hay nada qué hacer... los chavales hacen skate y windsurf, etc. Tanto aquí como en todo el mundo llegan noticias y se adaptan. Por ejemplo, la performance aquí tiene su sustrato. La Fura dels Baus, que ahora son una compañía reconocida internacionalmente, empezaron haciendo pasacalles y después pasaron a hacer acciones. La cultura popular de cada uno de los sitios ya tiene sus propios recursos, que mezclados con lo que viene de fuera, hace que surjan cosas nuevas. Yo hice un esfuerzo por impulsar la performance porque en la facultad no había ningún espacio docente o de investigación para estos temas, y me sorprendió la cantidad de gente que al final empezó a interesarse por esto, a lo mejor porque significaba trabajar con una economía de recursos que permitía hacer cosas muy expresivas sin necesidad de hacer grandes inversiones en material.

–¿No te parece que el artista de hoy en día es muy exhibicionista? Enseguida habla de lo que siente, de lo que significa su arte, de lo que ha querido expresar con aquel cuadro o aquel libro...
–Volvemos a estar en el hecho de la influencia de los medios de comunicación en todo el mundo de la creación. Cuando lo que prima para conseguir una subvención oficial o de vender es aparecer en los medios, el hecho de crearse una identidad estrambótica o extravagante, es coherente con las necesidades que tiene el periodista de crear personajes, de que tengan un carácter, una biografía especial. Eso hace que se produzca una especie de contagio y para sobresalir en el gran flujo de noticias, estos luchadores también hacen el número, es decir, cultivan una determinada imagen, a la mínima hablan de sus gustos, etc. No creo que se trate tanto de un narcicismo especial del artista. De hecho, a todo el mundo le gusta que hablen de uno, ser reconocido. Si sales, aunque sólo sea un minuto, en televisión, esto ya significa un éxito, y claro, hay bofetadas.

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