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EL
HOMBRE Y EL ARQUITECTO
Biografia y historia de Antoni Gaudí
Texto
y fotos de Georgina Castillo
Antoni
Gaudí nació en Reus, en la comarca del Baix Camp,
una zona pedregosa, dura, tierra de viñedos y olivos, que
imprime carácter y temperamento fuerte en sus gentes (el
dicho gent de Camp, gent de llamp significa gente
de Campo, gente de rayo). De niño empezó a
observar muy de cerca la naturaleza, sobre todo a raíz
de una enfermedad que le condenó a la inmobilidad y que
le impidió participar en los juegos de infancia. La fuerte
fascinación de Gaudí por las formas y colores naturales
es visible en
toda su obra y queda significativamente reflejado en algunas confesiones
hechas a sus colaboradores: Todos los estilos son organismos
emparentados con la naturaleza, o El gran libro siempre
abierto y que hay que esforzarse en leer es el de la naturaleza.
No queda ninguna duda, pues, sobre cómo interpretar algunos
de sus atrevimientos como la fachada ondulante de
La Pedrera o las figuras decorativas de la Sagrada Familia (en
la fachada del Nacimiento hay representadas más de 30 especies
de plantas).
Otro
de los hechos que influyó decisivamente en su obra fue
la tradición artesanal de su familia. Fue hijo y nieto
de caldereros, y heredó de ellos la forma empírica
de trabajar los materiales, dándoles forma sobre la marcha,
curvándolos, trenzándolos, a partir de una mera
plancha plana. Gaudí no era un teórico, no adaptaba
a su obra un particular libro de estilo. Como un artesano que
ve nacer las formas en sus manos, diseñaba sus obras, que
nacían a medida que
las construía. Los únicos planos y dibujos que se
conservan son de sus colaboradordes, que intentaban plasmar sobre
papel las ideas que iban surgiendo de la mente del maestro para
poder comprenderlas mejor.
Pero
Gaudí también aprendió de la Edad Media.
El monasterio de Santa Maria de Poblet impactó a Gaudí
de manera decisiva. Para él representaba el esplendor que
Cataluña debía recuperar después de las revoluciones
liberales a las cuales, como buen conservador, culpaba de todos
los males del país. Su primer y último edificio
que recibió de manos de obreros fue para la cooperativa
obrera de Mataró. A partir de ese momento sólo trabajó
para ricos, de entre los cuales un nombre destaca: Eusebi Güell.
Industrial, político y prototipo de noble catalán,
Güell se convirtió muy pronto en el protector del
joven arquitecto. Para él, su familia y también
para la colonia construyó edificios que hoy son visita
obligada de todo aquel que llega a Barcelona y desea conocer sus
tesoros. Empezó con un palacio (el Palau Güell), cuya
azotea, con sus chimeneas en forma de obelisco y recubiertas del
famoso trencadís (mosaico fragmentado) es, junto a la de
la casa Milà, uno de los conjuntos escultóricos
más bellos de la ciudad. En efecto, Gaudí reinventó
el tejado, rescatándolo de la banalidad con que había
sido tratado por el arte hasta ese momento. ¿Por qué
razón el tejado de un edificio no podía ser tan
bello como su fachada o su interior?
La
cripta de la capilla de la colonia Güell es otra de sus maravillas.
Para su diseño utilizó el método, por él
ideado, de la maqueta invertida. A base de cuerdas y pesos obtenía
la imagen al revés, desde el tejado hasta los cimientos,
de todo el entramaje de columnas y arcos. Gaudí se proponía
con ello crear una nueva clase de espacio que recordara las formas
primegenias como cuevas, grutas, árboles o madrigueras.
Los árboles de piedra que construyó en el Parque
Güell son otro ejemplo del primitivismo que Gaudí
cultivó en su arquitectura, a parte de muchas otros ismos
que van del orientalismo al medievalismo, del clasicismo a la
vanguardia. Amaba tanto las formas exóticas de Oriente
como la monumentalidad de las
catedrales góticas, pero sus obras no son nunca representación
de un estilo, ni siquiera del modernismo con quien tan a menudo
le emparentan. Tampoco son fruto de la materialización
de su subconsciente, aunque los surrealistas (Dalí era
un ferviente admirador de Gaudí) hayan querido ver en él
a un subversivo luchando contra la opresión de la línea
recta. Gaudí fue ante todo un ferviente católico,
un defensor del sacrificio como pasaporte para el castigo o gracia
divinos. Su mundo imaginativo se cimentaba en las ideas de muerte,
arrepentimiento, liberación y obediencia.
La
Pedrera
Entre 1890 y 1910 la arquitectura en Barcelona tenía el
objetivo de romper el igualitarismo y la falta de jerarquías
del plan Cerdà, que convirtió el Ensanche en una
cuadrícula uniforme sin puntos culminantes ni singularidades.
Los dueños ricos que vivían en el barrio querían
destacar, así como los arquitectos. Así es como
nació la casa más emblemática del Paseo de
Gracia, la casa Milà (encargada por el señor Milà,
deseoso de competir con su amigo Batlló, a quien Gaudí
había restaurado su casa del otro lado de la calle), llamada
popularmente La Pedrera, ya que la piedra con la que se construyó
procedía de la cantera de Montjuïc. La palabra pedrera
también evoca la primitiva idea de roca, una palabra que
significa a la vez fortaleza y acantilado. En efecto, Gaudí
se inspiró en las fortalezas medievales, pero suavizó
la imagen mediante las ondulaciones de la fachada, que le dan
al conjunto un aspecto de cueva, con las aberturas de las ventanas
y balcones como entradas de gruta.
Esta
suavidad se rompe en la terraza, donde vuelven a aparecer motivos
guerreros, representados por centuriones (que no son reproducciones
de los soldados imperiales de La guerra de las galaxias, como
a todo el mundo nos parece). La idea que tenía Gaudí
para la terraza, sin embargo, no llegó a materializarse.
Los centuriones y totems tendrían como vigía una
alegoría escultórica del santo rosario en la forma
de un medallón de bronce
de la Madre de Dios, de unos cuatro metros de altura. El señor
Milá, sin embargo, no aprobó el proyecto, por creer
que sería el blanco de la ira popular, dado que en aquel
momento la Semana Trágica sacudía Barcelona. La
huelgas de los trabajadores se habían ido sucediendo durante
toda la década (los anarquistas habían abandonado
las bombas después de los juicios sangrientos de Montjuïc),
pero el detonante fue una de las muchas metidas de pata del gobierno
centralista de Madrid. Pretendían mandar a Marruecos a
cuarenta mil catalanes para que lucharan contra los árabes
por mantener las colonias españolas en Ceuta y Melilla.
La
Sagrada Familia
Los manifestantes no tocaron la Sagrada Familia, seguramente porque
daba muchos puestos de trabajo, y también porque no era
una iglesia popular como lo era por ejemplo Santa Maria del Mar,
que sí fue arrasada. La Sagrada Familia sólo era
un símbolo, un intento de la Iglesia de recuperar el poder
que había perdido a causa del ascenso de los liberales.
Se necesitaba una nueva Contrarreforma. El papa y sus obispos
reclamaban un aumento de la devoción del culto a María,
José y Jesús, esto es, la sagrada familia. Fue una
orden religiosa (los josefinos) los
que compraron el solar en el Ensanche y encargaron el proyecto
a Gaudí, que a partir de aquel momento tuvo las manos libres.
Pero llegó un momento en que el culto a la Sagrada Familia
como símbolo del auge del catolicismo frente al liberalismo
empezó a menguar. Las donaciones disminuyeron y Gaudí
empezó a vender todo lo que tenía para continuar
con la construcción, y hasta dicen que pedía limosna
a los ricos, abordándoles incluso por la calle. Se instaló
en su taller, a pie de obra, para poder supervisar más
de cerca las obras que cada vez se interrumpían por más
tiempo. La
Iglesia no se sentía responsable de ella, y menos los burgueses,
más preocupados por sus negocios que por ver acabado el
templo.
Además,
la cultura catalana había empezado a cambiar. Las excentricidades
modernistas se veían como algo del pasado, como algo que
había que substituir por algo más auténtico,
algo más apegado a la realidad histórica de Cataluña.
Lo que surgió fue el noucentisme, un movimiento que miraba
hacia la antigua Roma como la madre de Barcelona (no es de extrañar
que la construcción de la Via Layetana se realizara en
esta época). En consecuencia, Gaudí y su obra quedaron
en la sombra, como restos de una moda pasajera. Los trabajadores
la consideraban el símbolo de curas y patronos, por lo
que durante la guerra civil intentaron asegurarse que no iba a
acabarse. Entraron en los talleres de Gaudí y acabaron
con maquetas, planos, bocetos, cartas, etc. El resultado es que
nadie sabe cómo hubiera acabado Gaudí su obra.
La
casa Batlló
El encargo que recibió Gaudí del magnate textil
el señor Josep Batlló fue la reconstrucción
de la planta inferior de un ordinario edificio del Paseo de Gracia,
donde vivía con su familia, con el motivo de resolver el
problema de luminosidad que sufrían sobre todo los pisos
inferiores del edificio. A parte de cumplir rigurosamente con
e encargo, mediante los enormes ventanales de la planta baja y
la cerámica interior, que va pasando del azul al blanco
a medida que desciende, Gaudí dejó su extravagante
y exquisita huella en la espectacular fachada (eso es lo que quería
Batlló,
como antes hemos señalado) símbolo religioso y patriótico
de la leyenda de San Jordi, patrón de Catalunya. El edificio
representa su triumfo sobre el dragón. La espalda del monstruo
en el tejado, sus víctimas (con sus cráneos, huesos
y tendones) en las ventanas, la lanza del santo en la torre, etc.
Pero ¿quién puede asegurar que Gaudí no tuviera
una idea muy diferente sobre lo que debía representar esta
espectacular amalgama de formas, luces y colores? Aquí
reside precisamente la grandeza del genio. |